miércoles, 22 de julio de 2009

Las tres rosas.

En mi escritorio tengo tres rosas que me regalaron tres chicos: la del que pudo ser y no fue, la del que no debería haber sido, y la del que es. Esa es la que más me gusta.

La primera, al verla, me recuerda a una noche de borrachera en el preestreno de un cortometraje en el que yo hacía un papel medianamente importante. Todos de gala excepto él. Escuchábamos pachangueo y bailábamos al son de la música con movimientos descontrolados y sin ningún ritmo. Todos bailábamos menos él, que permanecía ausente, apartado, protagonizando mis pensamientos seguramente sin quererlo. Fue inevitable acercarme.

-¿Qué te pasa?
-Nada. El corto. Me recuerda a uno que hice yo, que le dediqué a un amigo que falleció hace no mucho.

Se me bajó el pedo de golpe. Le miré fijamente y sólo se me ocurrió abrazarle. “Lo siento”.

-Amanda, ¿sabes qué te digo? Que la vida sigue. Que todos le recordamos como el tío cojonudo que era, una excelente persona y un cachondo mental. Te invito a un botellín.

Y bebimos uno tras otro. La espuma me llegaba hasta los ojos. Y, al contrario de lo que anhelaba, no hubo el más mínimo contacto físico. Al salir, nos encontramos con lo que (creo) era un pakistaní vendiendo rosas. Me regaló una y nos despedimos. “Ten cuidado con el coche”, le dije. “En la vida hay que correr riesgos”. Le ví alejarse con la misma sensación que me despierta cada vez que tomamos algo juntos: aunque me duela, jamás echaremos un polvo. Pero seguro, seguro, seguiremos siendo excelentes amigos.

La segunda rosa no merece prácticamente mención alguna. Me la regaló uno de esos cabronazos que, aunque no quieras, te encandilan hasta que finalmente termina aflorando el animalito que llevan dentro. En mi caso fue en el baño de un bar, cuando intentó abrazarme sin que yo tuviese la menor gana. Tuvo tal ademán de futuro presidiario que mi mejor amigo, homosexual hasta las trancas, se convirtió en Jean Claude Van Damme para propinarle un buen bofetón. No le he vuelto a ver, pero conservo su rosa para recordarme que jamás estaré con un tío parecido.

La última me la regaló el que aún es. Evidentemente no os puedo contar el final de la historia, pero sí os puedo decir que esa rosa la tengo en mi escritorio para recordarme que los 365 días que fueron antes de que me la regalase han sido los mejores de mi vida. También para emplearme a fondo en los 365 que vengan después. Y, como es la más grande, para ponerla delante del que pudo ser y no fue y no sentir flojera ni ganas de él.

Porque si estoy, estoy.

lunes, 20 de julio de 2009

Cómo hemos cambiado...

Llevo muchísimo tiempo sin escribir. Antes era una actividad que ocupaba la mayor parte de mi tiempo libre, y que resultaba irreprimible especialmente después de comer. Con un café con hielo se me ocurren miles de ideas que, si no las plasmo bebiendo a sorbitos, ya no me salen.

La idea del día ha sido hacerme un nuevo blog. Soy mujer de estrenos: no me gusta repetir ropa (aunque no quede más remedio) me encanta cambiar de compañía, de garito, de ciudad, de trabajo, de novio... y aunque no me guste repetir, sarna con gusto no pica.

Hablando precisamente con mi novio he parado a reflexionar sobre lo complicado de las relaciones humanas. RELACIONES en mayúsculas, entre hombres y mujeres, mujeres con mujeres y hombres con hombres. Pero relaciones sentimentales, amorosas, sexuales, por conveniencia, por soledad, por puro placer, porque sí.
No existe la relación perfecta. Los mejores amigos se pelean, las parejas experimentadas un día no se corren, el guaperas de turno se tira por error a la más fea... toda relación tiene sus pros y sus contras. Precisamente eso es lo que hemos estado valorando, y no porque atravesemos un momento de esos en que hay que recapacitar sobre el rumbo de nuestra aventura. Lo hemos hablado porque, a seiscientos kilómetros de distancia, platicar es el mayor placer que podemos experimentar.

Desde que estamos juntos hemos dejado a parte muchas cosas. Yo ya no recuerdo qué es ligar, qué es acostarse con un tío del que no sabes el nombre, qué es llamar a tu amante por el nombre de tu novio, o a tu novio por el nombre de tu amante (ésto último un tanto más ofensivo). Ya no sé qué es suplicarle a una amiga que me presente al amigo del primo hermano de su novio, o guiñar un ojo a un dependiente que, finalmente, resultó ser gay. No sé qué significa sentirse fea cuando todas ligan menos tú, ni tengo que llamar a mi mejor amigo para que me diga un piropo. Ya no hago turismo sexual, ni le tiro las palomitas en el cine al chico de la butaca de delante. No me cuestiono si soy lesbiana, ni beso a una tía de San Cristobal del Monte para ver si me gusta. No miro al novio de mi amiga y me pongo cachonda. De hecho, no miro a ninguno y me pongo cachonda.

Es cierto que esos subidones de adrenalina y hormonas eran excitantemente divertidos. He sustituido una noche de fiesta y follar en un baño de discoteca por una película de acción y hacer el amor en una cama con sábanas cien por cien algodón. No sé si prefiero lo primero o lo segundo, pero sí tengo claro que todas y cada una de las experiencias que vivimos nos hacen cambiar. ¿A mejor o a peor?

A mi no me importa lo que mi novio haya dejado atrás. De hecho, es oír un atisbo de lo que fue su pasado y sentir unas ganas enormes de convertirme en una asesina en serie y acabar con todas las que se lo han ventilado. Pero sé perfectamente que él también piensa en lo que ha apartado por estar conmigo.


En cuanto a las ventajas de cerrar página y asentar la cabeza, encuentro dos fundamentales.

1. No me dejo una ingente cantidad de dinero en copas para ver guapo al único tío que me ha mirado en toda la noche.
2. No tengo que ir siempre depilada.


En el fondo, y aunque me queje, creo que me gusta mi vida de pre-casada.