En mi escritorio tengo tres rosas que me regalaron tres chicos: la del que pudo ser y no fue, la del que no debería haber sido, y la del que es. Esa es la que más me gusta.
La primera, al verla, me recuerda a una noche de borrachera en el preestreno de un cortometraje en el que yo hacía un papel medianamente importante. Todos de gala excepto él. Escuchábamos pachangueo y bailábamos al son de la música con movimientos descontrolados y sin ningún ritmo. Todos bailábamos menos él, que permanecía ausente, apartado, protagonizando mis pensamientos seguramente sin quererlo. Fue inevitable acercarme.
-¿Qué te pasa?
-Nada. El corto. Me recuerda a uno que hice yo, que le dediqué a un amigo que falleció hace no mucho.
Se me bajó el pedo de golpe. Le miré fijamente y sólo se me ocurrió abrazarle. “Lo siento”.
-Amanda, ¿sabes qué te digo? Que la vida sigue. Que todos le recordamos como el tío cojonudo que era, una excelente persona y un cachondo mental. Te invito a un botellín.
Y bebimos uno tras otro. La espuma me llegaba hasta los ojos. Y, al contrario de lo que anhelaba, no hubo el más mínimo contacto físico. Al salir, nos encontramos con lo que (creo) era un pakistaní vendiendo rosas. Me regaló una y nos despedimos. “Ten cuidado con el coche”, le dije. “En la vida hay que correr riesgos”. Le ví alejarse con la misma sensación que me despierta cada vez que tomamos algo juntos: aunque me duela, jamás echaremos un polvo. Pero seguro, seguro, seguiremos siendo excelentes amigos.
La segunda rosa no merece prácticamente mención alguna. Me la regaló uno de esos cabronazos que, aunque no quieras, te encandilan hasta que finalmente termina aflorando el animalito que llevan dentro. En mi caso fue en el baño de un bar, cuando intentó abrazarme sin que yo tuviese la menor gana. Tuvo tal ademán de futuro presidiario que mi mejor amigo, homosexual hasta las trancas, se convirtió en Jean Claude Van Damme para propinarle un buen bofetón. No le he vuelto a ver, pero conservo su rosa para recordarme que jamás estaré con un tío parecido.
La última me la regaló el que aún es. Evidentemente no os puedo contar el final de la historia, pero sí os puedo decir que esa rosa la tengo en mi escritorio para recordarme que los 365 días que fueron antes de que me la regalase han sido los mejores de mi vida. También para emplearme a fondo en los 365 que vengan después. Y, como es la más grande, para ponerla delante del que pudo ser y no fue y no sentir flojera ni ganas de él.
Porque si estoy, estoy.
La primera, al verla, me recuerda a una noche de borrachera en el preestreno de un cortometraje en el que yo hacía un papel medianamente importante. Todos de gala excepto él. Escuchábamos pachangueo y bailábamos al son de la música con movimientos descontrolados y sin ningún ritmo. Todos bailábamos menos él, que permanecía ausente, apartado, protagonizando mis pensamientos seguramente sin quererlo. Fue inevitable acercarme.
-¿Qué te pasa?
-Nada. El corto. Me recuerda a uno que hice yo, que le dediqué a un amigo que falleció hace no mucho.
Se me bajó el pedo de golpe. Le miré fijamente y sólo se me ocurrió abrazarle. “Lo siento”.
-Amanda, ¿sabes qué te digo? Que la vida sigue. Que todos le recordamos como el tío cojonudo que era, una excelente persona y un cachondo mental. Te invito a un botellín.
Y bebimos uno tras otro. La espuma me llegaba hasta los ojos. Y, al contrario de lo que anhelaba, no hubo el más mínimo contacto físico. Al salir, nos encontramos con lo que (creo) era un pakistaní vendiendo rosas. Me regaló una y nos despedimos. “Ten cuidado con el coche”, le dije. “En la vida hay que correr riesgos”. Le ví alejarse con la misma sensación que me despierta cada vez que tomamos algo juntos: aunque me duela, jamás echaremos un polvo. Pero seguro, seguro, seguiremos siendo excelentes amigos.
La segunda rosa no merece prácticamente mención alguna. Me la regaló uno de esos cabronazos que, aunque no quieras, te encandilan hasta que finalmente termina aflorando el animalito que llevan dentro. En mi caso fue en el baño de un bar, cuando intentó abrazarme sin que yo tuviese la menor gana. Tuvo tal ademán de futuro presidiario que mi mejor amigo, homosexual hasta las trancas, se convirtió en Jean Claude Van Damme para propinarle un buen bofetón. No le he vuelto a ver, pero conservo su rosa para recordarme que jamás estaré con un tío parecido.
La última me la regaló el que aún es. Evidentemente no os puedo contar el final de la historia, pero sí os puedo decir que esa rosa la tengo en mi escritorio para recordarme que los 365 días que fueron antes de que me la regalase han sido los mejores de mi vida. También para emplearme a fondo en los 365 que vengan después. Y, como es la más grande, para ponerla delante del que pudo ser y no fue y no sentir flojera ni ganas de él.
Porque si estoy, estoy.
Las rosas son flores efímeras, pero la intención no.
ResponderEliminarEn la vida hay que arriesgar y, sobre todo, que no quede duda de nada.
Bs.
Desde luego, un buen resumen de los hombres. La mayoría de las vidas sentimentales de las mujeres siguen ese patrón. Me alegro de que te hayas quedado con la rosa del que es, y hayas sabido dejar de lado las otras dos. Las hay de las que sólo se quedan con la primera o la segunda...
ResponderEliminarSaludos,
Sara.